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Nuestros mares y costas

El 8 de junio se conmemora el Día Mundial de los Océanos. Lorenzo Rosenzweig detalla en este texto la importancia que tienen debido a que son fuente de alimentación, contribuyen a la estabilidad climática y albergan una fracción significativa de la biodiversidad del planeta. Los mares y costas de México —como todo espacio ambiental— corren riesgos, tienen desafíos para desarrollarse de manera sustentable. la contaminación uno de los gravísimos problemas a los que se enfrentan, pero no es el único.

El 8 de junio se conmemora el Día Mundial de los Océanos. Los océanos son la cuna de la vida. Determinan el clima y son el motor que transporta el calor y da origen a buena parte del agua dulce de la atmósfera, produciendo un porcentaje importante de las lluvias que entretejen los ecosistemas sobre la corteza terrestre. Además, contribuyen a la estabilidad climática, son fuente de alimento y albergan una fracción significativa de la bio­diversidad del planeta.

El territorio terrestre de México comprende 1,964,375 km2. De estos, 8,025.2 km2 son de superficie insular, con 4,111 islas e islotes, de las cuales solamente 144 están habitadas. Nuestros mares y costas abarcan 3,149,920 km2 de zona económica exclusiva (aproximadamente 60% más que el territorio continental) que incluye 231,813 km2 de mar territo­rial. La longitud del litoral continental es de 11,122 km. La ubicación geográfica de México como zona de transición entre el Neoártico y el Neotrópico y su exposición a las influencias oceánicas del Atlántico centro-occidental y del Pacífico centro-oriental explican gran parte de su diver­sidad biológica y ecosistémica. En términos de litorales y superficie marina, México es el décimo segundo país más privilegiado del planeta. Nuestro país cuenta con ocho ecorregiones marinas, cinco en el Océano Pacífico y tres en el Océano Atlántico: Pacífico Transicional de Monterey, Pacífico Sudcaliforniano, Golfo de California, Pacífico Transicional Mexicano, Pacífico Centroamericano, Golfo de México Norte, Golfo de México Sur y Mar Caribe, respectivamente.
Entre los ecosistemas más representativos de los mares y los océanos mexicanos se encuentran las barreras arrecifales, los arrecifes aislados y rocosos, las praderas de pastos marinos, los bosques de macroalgas, el mar abierto u océano pelágico, los fondos marinos y los sistemas hidrotermales de profundidad. En el rubro de servicios ambientales, los ecosistemas costeros de México más productivos son los manglares, los humedales, las lagunas costeras, los estuarios y las marismas.
El objetivo de una política estatal de mares y costas es plantear un modelo compartido para el desarrollo y la protección, la conservación de la naturaleza, el bienestar de las comunidades y la resiliencia ante el cambio climático.”
Con ese enfoque, en Yucatán, la Iniciativa por los Mares y las Costas de México ha sumado esfuerzos con el gobierno estatal para el diseño conjunto y participativo de la Política Estatal para el Manejo Integral de Mares y Costas. El objetivo de una política estatal de mares y costas es plantear un modelo compartido para el desarrollo y la protección, la conservación de la naturaleza, el bienestar de las comunidades y la resiliencia ante el cambio climático. Con una visión a largo plazo, basado en la mejor información disponible, con metas específicas que permitan la generación de proyectos integrales y la atracción de aliados. Una acertada política estatal constituye el cimiento para estructurar compromisos de colaboración con el gobierno federal en materia de energías limpias, desarrollo costero y manejo competitivo de la pesca y el turismo.

La riqueza natural de Yucatán y las capacidades de sus diferentes sectores serán elementos decisivos para cosechar frutos a mediano plazo, que se traducirán en el aumento significativo de la competitividad y la prosperidad del estado.

En el lado este de la misma penínusla, en Quintana Roo, organizaciones conservacionistas nacionales e internacionales cooperan en un mecanismo de finanzas para la conservación: un seguro paramétrico para la protección del arrecife —que visionariamente ha adoptado el gobierno estatal— gracias al cual, ciudadanos, comunidades, científicos y autoridades conforman un esquema que construye un mejor futuro para nuestro país.

Sus protagonistas, literalmente, reúnen fragmentos de patria y los vuelven a pegar con entusiasmo y esperanza. En el escenario convergen organizaciones internacionales, como Fondo para el Sistema Arrecifal Mesoamericano (Fondo SAM) y The Nature Conservancy (TNC), la organización conservacionista mexicana Amigos de Isla Contoy, A.C., y el Parque Nacional Arrecife de Puerto Morelos. Con recursos de emergencia de Fondo SAM y cientos de horas de trabajo en el agua, María del Carmen García, directora del área natural protegida, y múltiples voluntarios proporcionaron atención inmediata al arrecife después de la tormenta tropical Gamma y el huracán Delta, en octubre de 2020, para contribuir a restaurar el coral dañado. La respuesta rápida posibilitó la estabilización de 2, 152 colonias de coral y la cementación y el apuntalamiento de 5, 143 y 8, 428 fragmentos de coral, respectivamente. El pago del seguro contratado por el gobierno del estado permitió, varios meses después, consolidar las actividades de restauración y mantener vivo y en buenas condiciones el arrecife, vital componente de infraestructura natural que atrae ingresos turísticos y protege los activos construidos en la costa y a los pobladores de fenómenos meteorológicos extremos que resultan inevitables ante los efectos del cambio climático.

En el otro litoral de México, en la costa Pacífico de la Península de Baja California y el mismo Golfo de California, también hay historias dignas de contar y se trata de tres casos con reconocimiento internacional. Uno de ellos es el Parque Nacional Cabo Pulmo, en Baja California Sur, decretado como área natural protegida (ANP) en junio de 1995, que se extiende por más de siete mil hectáreas y protege un extraordinario arrecife rocoso del Golfo de California. El proceso de creación de esta ANP comenzó por el interés y el compromiso de la comunidad residente, originalmente pescadores, por conservar sus recursos naturales. Hoy día, es un paraíso marino para el buceo recreativo, con visitantes de todo el mundo, cuya derrama económica, a partir de esta actividad, genera un impacto positivo en términos ambientales, sociales y económicos.
Asimismo, es encomiable la labor de la Red de Observadores Ciudadanos (ROC), en La Paz, Baja California Sur, un esfuerzo de la sociedad civil, alineado con autoridades (Secretaría de Marina, Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas y Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca), para vigilar el cumplimiento de la ley en beneficio de la pesca legal y el turismo responsable. En sentido práctico, son ojos en el mar y la costa. De 2017 a la fecha, ROC ha recorrido casi 30, 000 km en aguas del Golfo de California cercanas a La Paz.

Gracias a los datos recabados por ROC, es posible comprender el comportamiento de quienes viven del mar o de aquellos que lo disfrutan como un espacio de recreación. Por ejemplo, sabemos que 32% de las actividades que se registran en las áreas naturales protegidas vigiladas, estatales y federales, son irregulares y se relacionan principalmente con pesca ilegal y turismo no responsable. Las autoridades tienen la posibilidad de tomar acciones de conservación basadas en información confiable.

También destaca el caso de las cooperativas pesqueras del Pacífico Norte, en la Península de Baja California, a lo largo de la costa occidental que está bañada por la rica corriente de California y que llega a México desde Alaska. Los pescadores de la región —las islas incluidas— desde hace más de ochenta años están organizados como sociedades cooperativas: Pescadores Nacionales de Abulón, Buzos y Pescadores de la Baja California, Bahía Tortugas, California de San Ignacio, Emancipación, La Purísima, Puerto Chale, Leyes de Reforma, Progreso, Punta Abreojos, Abuloneros y Langosteros y Ensenada. Sus principales pesquerías son la langosta y el abulón, las cuales realizan de manera artesanal con los más altos estándares de sustentabilidad, incluyendo certificaciones internacionales. Estas cooperativas se han consolidado como un ejemplo a seguir en la producción y la conservación de los recursos pesqueros, al tiempo que han logrado mejorar notablemente la calidad de vida de sus familias y la economía de la región.

Estos referentes significan un faro en la ruta hacia la protección de los mares y las costas de México.

Desafíos

Los mares, los océanos y los ecosistemas costeros del planeta han sido impactados de manera grave en el último siglo por tres actividades: la pesca, la contaminación y la transformación de las costas. El problema se incrementa por la repercusión global del cambio climático, que con sus variaciones de temperatura desencadena efectos negativos como el blanqueamiento de corales, la proliferación de síndromes virales y bacterianos sin precedentes y la modificación de la productividad por alteraciones en los patrones de circulación de las corrientes marinas.

“Hay casos críticos de mal manejo, como la pesca ilegal de totoaba en el Alto Golfo de California, región en la que ha desaparecido prácticamente el Estado de derecho, prevalece la ilegalidad y es un espacio clave para otras especies en riesgo de extinción, como la vaquita marina.”
En México, la pesca es el principal y más antiguo factor modificador de los ecosistemas marinos, genera efectos directos e indirectos sobre las cadenas tróficas de los océanos con consecuencias imprevistas que impactan los ecosistemas. El mal manejo pesquero del país pone en riesgo la viabilidad de sus especies comerciales. No se cuenta con un registro confiable sobre la abundancia de pulpo desde el año 2000; el huachinango rebasa el nivel biológico aceptable de captura; el mero es calificado como un recurso sobreexplotado y sin datos actualizados; el atún de aleta azul es también sobreexplotado por empresas mexicanas, y el tiburón, especie “amenazada” internacionalmente, se captura y se comercializa sin restricción en México. Hay casos críticos de mal manejo, como la pesca ilegal de totoaba en el Alto Golfo de California, región en la que ha desaparecido prácticamente el Estado de derecho, prevalece la ilegalidad y es un espacio clave para otras especies en riesgo de extinción, como la vaquita marina.

En nuestro país, la pesca artesanal es un reto particularmente difícil de resolver por su variabilidad y la compleja dinámica sociocultural subyacente. Si bien las pesquerías artesanales no tienen la capacidad de aniquilar rápidamente poblaciones completas, como sí sucede con las pesquerías industriales, una vez que la abundancia de una especie objetivo comienza a disminuir, la rápida respuesta y la adaptabilidad de la pesca artesanal propician que se exploren otras especies con la intención de mantener las capturas. Actualmente, la sobreexplotación selectiva de grandes depredadores ha provocado su disminución; la respuesta ha sido apuntar a peces más pequeños y de niveles tróficos menores (que además son de menor valor comercial) produciendo un efecto conocido como “descenso en los niveles tróficos de la pesca”.

Un ejemplo poco documentado se ha observado en la región del Archipiélago de Espíritu Santo, en Baja California Sur, con el cochito o pez ballesta. Históricamente, era una especie de captura incidental de bajo valor en el ámbito mundial, pero en las últimas décadas se ha vuelto una especie alternativa para las pesquerías sobreexplotadas. El aumento de las capturas de cochito en el Golfo de California ha sido necesario para mantener los ingresos de los pescadores, que a su vez son financiados por redes de intermediarios, quienes llevan el mayor margen de utilidad. Hoy día, la captura de este pez se realiza, en una alta proporción, con trampas, un arte de pesca no selectivo, que afecta rápidamente el equilibrio de los ecosistemas. El uso indiscriminado de las trampas y la temporalidad de las capturas durante el verano, periodo que coincide con la temporada reproductiva del cochito, han ocasionado un impacto descomunal en las poblaciones de la especie.

La Carta Nacional Pesquera indica que en México se pescan 735 especies, las cuales se agrupan en 83 fichas informativas que idealmente deberían actualizarse año con año por el gobierno federal, a través del Instituto Nacional de Pesca (Inapesca). De las 83 fichas informativas o pesquerías, 52 (63% del total) son aprovechadas a su máxima capacidad, 14 (17%) experimentan deterioro por sobreexplotación, solo 11 (13%) podrían incrementar su aprovechamiento y 6 (7%) presentan un estatus desconocido.
La contaminación y el acumulamiento de desechos sólidos es un ingente problema que afecta la mayor parte de los mares, los océanos y los ecosistemas costeros del planeta. Entre los principales contaminantes están los plásticos y diversos polímeros, los derrames de petróleo, las descargas de aguas negras sin tratamiento previo, los contaminantes industriales, los desechos sólidos y los pesticidas. Además, el enriquecimiento de agua por nutrientes, especialmente nitrógeno y fósforo, genera la eutrofización, que produce cambios en la concentración de clorofila, la transparencia del agua, y la disponibilidad de oxígeno disuelto para los organismos marinos. Los ecosistemas costeros tropicales y subtropicales son los más vulnerables a eventos de eutrofización. La descarga de nutrientes y los sedimentos asociados afectan severamente los arrecifes coralinos, pues favorecen un cambio de fase coral-alga, en el estado ideal del ecosistema, a una condición en que ciertas macro algas tienen una ventaja competitiva sobre los corales, lo cual empobrece la diversidad biológica del ecosistema marino.

El común denominador en muchas zonas costeras de México y el mundo es el elevado grado de contaminación del agua. Los ecosistemas más contamina­dos en nuestro país están en la región del Golfo de México; sin embargo, las regiones costeras del Pacífico norte también están seriamente amenazadas por el desarrollo (turístico, industrial y acuícola) mal regulado. Además del impacto local o regional, aho­ra existe la amenaza del cambio climático, cu­yos efectos (calentamiento y elevación del nivel del mar) afectarán todos los ecosistemas costeros. Pareciera que el litoral de México está muriendo silenciosamente, sin que la voluntad política o la participación social puedan detener el deterioro y la posible pérdida.
Otra de las causas del menoscabo de las zonas costeras de México, en particular de las zonas intermareales, las dunas costeras y los acantilados, es el cambio de uso de suelo para desarrollos urbanos, portuarios, turísticos, mineros y de acuacultura no sustentable. La desaparición o la disminución de humedales por cambios de uso de suelo o por azolvamiento y sedimentación, producto de la alteración de los cauces y las cuencas aguas arriba, es un factor de impacto adicional. La afectación conlleva la pér­dida de servicios ambientales relevantes para la sociedad. Las tendencias de deterioro aumentan y las medidas implementadas aún son insuficientes.

En las zonas costeras impactadas o modificadas sustantivamente, existe un riesgo mayor para los asenta­mientos humanos ante fenómenos naturales como huracanes y precipitaciones extremas.

Esbozo de la hoja de ruta

La conservación de nuestros mares y costas es un tema prioritario para la soberanía y la competitividad del país. Requerimos urgentemente un cambio de paradigma en el aprovechamiento de los recursos naturales marinos y costeros.
En el caso de la pesca, es fundamental impulsar estrategias para mantener viables las poblaciones comerciales de especies marinas y considerar alternativas económicas no extractivas complementarias para mejorar los ingresos de los pescadores. Es imprescindible diseñar políticas públicas que desincentiven la sobreexplotación de los recursos y el uso de artes de pesca destructivos y no selectivos, así como aquellas que fomenten el arraigo y el cuidado colectivo por parte de los propios pescadores en zonas concesionadas en el largo plazo y de “acceso limitado”, sumando diversas especies para la misma zona. El respaldo para que la comercialización, con las escalas apropiadas, la haga el productor bajo un esquema de mercado de vendedores, en lugar del tan dañino y prevaleciente mercado de compradores.

Con relación a la acuacultura tenemos grandes oportunidades de dimensiones importantes, siempre y cuando se sigan modelos verdaderamente sustentables. El caso del cultivo de bivalvos —ostión, almeja y mejillón—, por ejemplo, tiene un potencial que puede llegar en pocos años a las 100 mil toneladas por año, en armonía con la conservación de los ecosistemas costeros donde se desarrolla. Este tipo de acuacultura, lo mismo que el de las algas marinas, puede incluso servir como control positivo de un manejo ecosistémico, al empatar dos exigencias simultáneas y que hacen sinergia: la salud pública gracias a la cosecha de un producto sano y el mantenimiento de la salud ambiental del cuerpo de agua.

En cuanto a la contaminación, se trata de un reto inmensamente complejo que se vincula con las actividades agrícolas y el deficiente procesamiento de aguas residuales municipales, así como con el mal manejo y la disposición de desechos sólidos de productos de consumo en nuestras costas y corredores riparios que desembocan al mar. Exige la efectiva coordinación entre los sectores productivos y los tres niveles de gobierno, y la participación ciudadana constante, sobre todo en la recolección y la disposición de las enormes cantidades de residuos sólidos en nuestras costas y playas.

Para el caso del turismo, es conveniente promocionar nuestros mares y costas por sus riquezas naturales, y no como espacios para el desarrollo del turismo masivo y de alto impacto. Nuestros litorales y sus recursos naturales nos hacen diferentes y competitivos en un mundo globalizado. Ahora, en el curso de la pandemia, es preciso redefinir los espacios turísticos y recreativos en el marco de un modelo regenerativo de turismo costero.
Si estudiamos con atención la geografía de nuestro país llegamos a la conclusión de que México tiene gran potencial para desarrollar su Economía Azul, un término reciente utilizado para acotar un componente clave de la economía de una nación con salida al mar.

Una Economía Azul que, de acuerdo a un reporte de 2017 de Banco Mundial y el Departamento de Economía y Desarrollo Social de las Naciones Unidas, resultaría en:

Beneficios sociales y económicos para las presentes y futuras generaciones en materia de seguridad alimentaria, erradicación de la pobreza, empleo y mejores ingresos, salud, equidad y estabilidad política.
La restauración del capital natural marino incluyendo sus funciones y servicios ecosistémicos, de los cuales depende la prosperidad y el bienestar de millones de mexicanos.
El uso de tecnologías limpias, energías renovables y procesos productivos circulares que nos mantengan dentro de los límites planetarios en cuanto a residuos, contaminación por nitrógeno y emisiones de carbono.
Una gobernanza nacional e internacional, pública y privada, innovadora, para el aprovechamiento y conservación de mares, costas y océanos que sea inclusiva, basada en ciencia, preventiva, adaptativa, transparente, proactiva y transversal con una visión de largo plazo.
Todos dependemos de manera directa o indirecta de la salud de nuestros mares y costas. Interesarnos y participar en su conservación es una actividad esencial que debemos integrar a nuestro diario quehacer como ciudadanos, vivamos tierra adentro o cerca de nuestros mares y océanos.

URL del texto: https://estepais.com/ambiente/nuestros-mares-y-costas/

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