El agua que somos

Sin agua, no hay vida. Esta frase parece trillada pero el agua es necesaria para la supervivencia de todos los seres vivos. No solamente bebemos agua para sobrevivir, sino que también hacemos uso de ella para diversas tareas y con ese uso viene el abuso. Luna Fuentes y Rosenzweig presentan una historia que desemboca en un panorama desalentador: a la preciosa agua, limitada, la estamos contaminando cada día más.

El agua cae abundante desde una vasija de cobre. Viene y va al cuerpo. Limpia y da calma. El agua nos acicala en rituales de aseo o llueve sobre los cultivos desde que el hombre tomó una semilla y comenzó a hacer nacer todo fruto en sitios cercanos a sus moradas. Podríamos decir que venimos de su útero.

Sin embargo, el agua pura, esa necesaria para beber, para enriquecer lo que comemos, para nutrir lo que somos, en alianza con otros seres vivos, se encuentra cada vez más contaminada. Y no es infinita, es limitada.

Para entender el agua que somos, el agua de la que dependemos como todos los demás seres vivos del planeta, es menester repasar el ciclo hidrológico, que por millones de años ha purificado y distribuido el agua dulce en la Tierra. Este ciclo es continuo y es difícil definir un principio. Pero para efectos prácticos consideremos que es en los mares y océanos —que contienen casi el 97% del agua en el planeta—, donde inicia el ciclo.

La energía solar también forma parte del mismo: evapora enormes cantidades de agua que se unen a la que se sublima directamente de la nieve y el hielo por el mismo efecto solar. Además, la evapotranspiración —que es agua transpirada por la vegetación—, genera cantidades adicionales de agua en forma de vapor. Todos estos aportes, en su conjunto, ascienden a la parte más fría de nuestra atmósfera, en donde se condensan como nubes. Las nubes son llevadas en una danza atmosférica por las corrientes a todos los rincones de la tierra y, en las condiciones apropiadas, se convierten en lluvia, granizo, nieve o niebla que descienden sobre la superficie del planeta. Mucha de esta precipitación regresa a los océanos, los polos o a las cimas como nieve permanente, y allí puede permanecer almacenada por milenios.

El agua que desciende sobre bosques, praderas, selvas y desiertos, es retenida e infiltrada por los suelos de ecosistemas bien conservados y sigue su camino hasta algún acuífero. Otra fracción de esta agua, la que no retienen las raíces de las plantas y los suelos, corre por gravedad en la cuenca hídrica correspondiente. Algunas cuencas son cerradas y reciben el agua de lluvia hasta dar nacimiento a lagos y médanos. Otras son abiertas, es decir, se dispersan, alimentando arroyos y ríos que confluyen como una gran vía al mar. Esto cierra una parte del ciclo hidrológico.
En unas cuantas palabras y una serie de gráficos tomados de Agua en México. Un prontuario para la correcta toma de decisiones, hemos simplificado un mecanismo vivo e infinitamente complejo que incluye procesos termodinámicos, químicos y estructurales enlazados indisolublemente con los seres vivos, vegetación, microorganismos y algunos carismáticos mamíferos. Destacan los grandes arquitectos de la hidrología: los castores, los bisontes y los perritos de las praderas, por mencionar tres de los más evidentes y reconocidos en el continente americano.
Imaginemos la construcción de numerosísimos diques de ramas y troncos que resultaban en médanos, remansos, paisajes rebosantes de vida: antes de la llegada de los europeos. Lo que hoy es el norte de México, Estados Unidos y Canadá, albergaba una población de 200,000 a 300,000 millones de castores que diligentemente construyeron humedales naturales en el 10% del territorio. Trístemente, con los pasos colonizantes, fue el comercio de pieles de castor americano entre Norteamérica y el resto del mundo —que prosperó de 1600 a 1840—, lo que redujo su población a menos de 10 millones de individuos. Con el drástico descenso de esta especie, dañamos irreversiblemente el ciclo hidrológico en vastas extensiones. Así desaparecieron nichos ecológicos con efecto de borde, se empobrecieron ecosistemas y se afectó la diversidad biológica del continente.

El bisonte americano fue otro hidrólogo manifiesto. Registros históricos nos entregan noticias de 60 millones de estos poderosos ungulados que, en simbiosis con las grandes praderas que decoran el continente de sur a norte, daban vida y regeneraban estos vastos ecosistemas, claves para el ciclo del agua, antes del año 1800. La conquista del oeste los redujo a menos de 35,000 individuos en estado silvestre, y actualmente, cercos de alambre e interminables muros fronterizos tendidos en cientos de miles de kilómetros, les impiden cumplir su papel como agentes hidrológicos.
Otro incidente igualmente dramático, es el caso de los perritos de las praderas, que con su red de madrigueras subterráneas favorecen la absorción de la lluvia, la consiguiente hidratación profunda del suelo y por tanto, la alimentación de acuíferos. Es difícil creer que hasta hace un par de décadas se les considerara una plaga y las universidades ofrecieran cursos y fórmulas prácticas para deshacerse de ellos. Así de devastadora puede ser la ignorancia.

La vida, y lo que entendemos como civilización humana, no hubiera sido posible sin esta y otras formas de infraestructura natural generada por seres vivos, de la que nos servimos sin saber; obras de ingenio natural imitadas ahora por el hombre, que desde antes de la llegada de nuestra especie, purifican, renuevan y distribuyen el agua, un servicio ambiental indispensable, gratuito, sin el que la vida del mundo sería imposible.

Ahora cerremos el encuadre para enfocarnos en nuestro país, México, donde el 40% del agua dulce, es decir, del agua que podría ser potable, proviene del subsuelo y el resto (60%) de los cuerpos de agua superficiales como el lago de Chapala y los ríos que corren a través de nuestra geografía, como el Nazas, el Grijalva o el Usumacinta. Desafortunadamente, el 70% del componente superficial está contaminado y un 24%, registra un nivel tan alto de contaminantes, que no es posible darle un uso directo. Si estos parecieran datos alarmantes, sumemos otro: el agua contaminada produce más muertes en el mundo que ninguna otra causa, incluida la guerra.

El resto del agua dulce de nuestro país, es decir la proveniente del subsuelo —que también contaminamos con malas prácticas de disposición de aguas negras y procesos extractivos como minería a cielo abierto y explotación de petróleo y gas—, corre bajo nuestros pies, en largas venas y remansos subterráneos que incluso alimentan a los cenotes sagrados, esos espacios que en la península de Yucatán, nos conectan con la memoria histórica y también pre histórica de nuestro territorio.

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